NOCHE
Aquella era una noche de otoño. Eran las nueve y media, y ya hace un par de horas se había ocultado el sol. En Requegua eso significaba que la mayoría de la gente ya estaba en sus casas. Pero esa noche no todos estaban en su casa. De hecho, Gonzalo estaba recién saliendo de la casa de un amigo.
Gonzalo, al igual que su amigo, tenía dieciséis años. Ambos habían estado hablando de sus líos amorosos tan entusiasmados que el tiempo se les había ido volando. Ahora ya era tarde, y Gonzalo pedaleaba, pues andaba en bicicleta, lo más rápido que podía para llegar temprano a casa, porque hacía mucho frío y… estaba muy oscuro. Quizás demasiado oscuro.
La bicicleta hacía mucho ruido en el callejón lleno de piedras, a la oscuridad de la noche. Aquella era una noche sin luna: sólo las estrellas brillaban en el lóbrego firmamento.
En el pedregoso callejón no había ni un alma. Nadie, o al menos eso creía Gonzalo, quien aún pensaba en el romance de su amigo: estaba enamorado de una chica, pero no tenía la certeza absoluta de que era correspondido, y no quería arriesgarse en vano. Era esto a lo que Gonzalo daba vueltas una y otra vez en la cabeza.
En efecto, alma no había alguna, porque lo que perseguía a Gonzalo sigiloso cual cazador no era humano: era un animal; frío, calculador, casi humano en apariencia, pero animal al fin y al cabo.
Gonzalo presintió de pronto que alguien lo miraba, lo vigilaba e, incluso, lo perseguía. Le hubiera gustado pedir ayuda, pero ¿a quién? Le hubiera gustado pedalear más rápido, pero el terreno se lo impedía. ¿Qué hacer entonces?
La tensión estaba llegando a su punto máximo. A lo lejos se veía el camino principal, con alumbrado público y donde de seguro había alguien. Por los lados en el callejón sólo había zarzamoras y campos sin cultivar. La única forma de huir era llegar al final del camino.
Gonzalo estaba sintiendo que lo iba a lograr, ya faltaba poco, pero… una poderosa fuerza lo empujó y lo hizo perder el control de la bicicleta, quedando él tumbado en el piso. Trató de correr, pero ya era tarde. Sintió entonces la respiración de alguien cerca de él y como poco a poco se le cerraron los ojos. Que lástima… faltaba tan poco para llegar al camino…
El cazador había llevado a su presa a donde el había querido. La adrenalina siempre volvía más sabroso al rojo elixir. Faltaba poco. Era ahora o nunca. Con gran rapidez se abalanzó sobre el ciclista y lo tumbó de un golpe. Rápidamente se incorporó y saltó una vez más, esta vez para quedar junto a su víctima y extraerle toda su vida, toda su sangre, toda la vitae.
Aquella era una mañana de otoño, en Requegua. El sol había salido hace un par de horas, y al amanecer un par de labradores encontraron el cuerpo de un joven sin vida, sin sangre, junto a una bicicleta en un desierto callejón. De inmediato llamaron a Carabineros.

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